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Arte y Educación, una transacción ganar-ganar

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Incorporar el cuerpo en la educación abre una fisura en un sistema cerrado, construido a la orden de una cosmovisión donde Idea-Alma hegemonizan lo Verdadero, mientras que el Cuerpo es pura distracción, puerta hacia lo mundano del mundo.

Celebrar el cuerpo y todos los asuntos que abre, se suele asociar a una demora en la carrera del progreso, y la educación se hace eco de este mandato. Repensar hacia dónde queremos progresar será clave para plantear  un nuevo rumbo ético que nos permita armar una hoja de ruta distinta. En sintonía con la Ética del cuidado propuesta por Bernardo Toro, el primer movimiento es reconsiderar el autocuidado del cuerpo, de la íntima casa propia, recalcando los problemas políticos y sociales que este descuido acarrea. “La vida es sagrada porque el cuerpo es sagrado”.

Pasar de un cuerpo extracurricular (caído y apartado del currículum) hacia un cuerpo presente en medio de los aprendizajes implicará pasar de considerar el cuerpo como envase (o soporte de la cabeza) al cuerpo como poético: sensible y creador.

Concebir al cuerpo en medio (ni delante ni detrás, ni arriba ni abajo) del curriculum requerirá volver a la pregunta por el sentido de la educación, y transformar la gramática y la didáctica, quizá incluso antes que cambiar el curriculum explícito. Entramar la corporalidad en el cómo, en el modo de enseñar ya tracciona una transformación en el aprendizaje de las materias disciplinares, promueve un aprendizaje holístico y pone a conversar entre sí los contenidos, configurando así un saber distinto.  Esta transformación incide particularmente sobre el currciculm oculto, que es la encarnación invisible de lo que aprendemos en la escuela más allá de lo académico.

Cuando hablamos de cuerpo en medio del curriculum no nos referimos, al menos no exclusivamente, a agregar más horas de educación física, o de danza, o de expresión corporal. La propuesta de incorporar el cuerpo en el quehacer pedagógico promueve que el estudiante, desde y con el cuerpo, construya conocimiento sobre sí mismo (subjetividad, ciudadanía), conocimiento del mundo (aprender del patrimonio de saberes ya creados), y proyectar la creación de saberes inéditos (ser agentes de construcción de lo posible). Desde los movimientos arte-educadores proponemos que la práctica artística-poética puede ser ese andamiaje para reencantar la experiencia de enseñar y aprender. Pues el cuerpo en la práctica artística es un cuerpo poético.

Para situar el problema de esta transformación, de esta conversación entre lo que hay y lo que deseamos que haya en la escuela, será necesario entrar en la lógica de las transacciones ganar-ganar (win-win). Entendiendo que somos seres holísticos y relacionales, nuestra vida se efectúa en un juego de transacciones:

Una transacción justa y equitativa genera valor para ambas partes, ya sea un negocio, una promesa de amor o una clase en donde los alumnos aprenden. (…) Es mediante las transacciones como producimos y sostenemos la vida y el mundo en que vivimos.”

Así Bernardo Toro nos advierte el valor de aprender a hacer transacciones ganar-ganar.

¿Humanismo vs racionalidad? ¿Arte vs Educación?

El dilema que se suscita a la hora de orientar la enseñanza para aprender a ser, aprender a aprender, aprender a hacer y aprender a convivir (como reza Delors) es que estos objetivos suelen aparecer como enemigos del aprendizaje de los contenidos curriculares. Las habilidades y capacidades que debemos animar para llegar a estos objetivos siguen resultando periféricas o no sabemos cómo hacerlas carne en la vida escolar.

Mas allá de comprender que ahí reside el tesoro de la educación, la tradición disciplinaria de la escuela nos atrapa: o nos topamos con el boletín de calificaciones, o suena el timbre que divide una clase y otra, o nos faltan herramientas para reencantar la didáctica, pues ni la formación docente, ni nuestra propia experiencia en la escuela como estudiantes, nos dan pistas para hacer este urgido cambio.

Ante la propuesta de entramar la práctica artística en la experiencia escolar aparece una riña ganar-perder. Si se gana lugar para el protagonismo de este cuerpo poético, sensible y creador, se teme perder tiempo para el aprendizaje de contenidos curriculares. Sin el sistema de ranking y puntajes vigentes en la escuela se pierden las referencias de cómo certificar los aprendizajes.  Pero siguiendo con estos modus operandi perdemos la posibilidad de abrazar la mismísima misión educativa y nos quedamos pegados a una lógica competitiva y voraz, cuando en realidad embeber la cultura institucional, la didáctica y el escenario de aprendizaje desde esta perspectiva artístico-poética hará que las materias “importantes” importen, que los boletines mejoren, que la asistencia a clases se sostenga, dignificando la experiencia de ser cada día en la escuela.

¿En qué sentido y de qué modo la práctica artístico-poética puede nutrir los aprendizajes?

Jerome Bruner en “Educación, puerta de la cultura” ubica las 4 ideas centrales respecto de la naturaleza íntima de la enseñanza y el aprendizaje escolar: agencia, reflexión, colaboración y cultura.  En el corazón de la usina de la educación están estos asuntos, que son los que hacen latir una escuela cargada de sentido. Bruner insiste en que estos 4 procesos deben ocurrir tanto para el estudio de las ciencias duras, como para la enseñanza de las materias blandas, las que estudian el Presente, el Pasado y lo Posible del ser humano, que en la jerga escolar llamamos ciencias sociales, historia y literatura:

Mi mensaje es que los profesores y estudiantes pueden adoptar una posición tan dura en la comprensión de estos temas "blandos" como pueden adoptarlos sobre ecuaciones cuadráticas o la conservación de la masa; y mas nos vale adoptarlo, por el bien de la supervivencia. Conseguir semejante nivel de dureza en las ciencias humanas requiere habilidades algo diferentes, distinta sensatez y más coraje, pues la consideración de la cuestión humana despierta pasiones contrarias.

Estas habilidades algo diferentes de las que habla Bruner se ponen en acto en el ejercicio de la práctica artística. De la naturaleza íntima del quehacer artístico podríamos decir que:

  • Es experiencial, sumerge y habita en la experiencia estética. Ensancha la percepción, es conexión con uno mismo y hacia lo ajeno, lo extranjero. Despierta. Des- anestesia
  • Abre un campo crítico de preguntas. Es indagación y exploración de lo incierto, de lo posible.
  •  Diversifica los modos de producción y expresión de sentidos. Articula conversaciones en múltiples lenguajes. Promueve una nueva alfabetización.
  • Conecta con el deseo: Funciona desde la implicación, el asombro, la motivación, la emoción
  • Fortalece el sentido de agencia, es una puesta en acto, ofrece una experiencia de concreción de la dimensión simbólica. Es un hacer

Un cuerpo que crea-piensa en cualquier lenguaje artístico es un cuerpo-mente efectuando un sentido de agencia, en constante reflexión, necesariamente en colaboración (con otros, sean pares, autores, materiales, saberes). Por último, un cuerpo poético se hace parte de una cultura, es decir de esa “forma de vida y pensamiento que construimos, negociamos, institucionalizamos y finalmente terminamos llamando realidad para reconfortarnos”. Este denominador común entre práctica educativa y práctica artística nos alienta a avanzar en la moción de entramarlas.

Cuerpo, territorio de toque entre arte y educación

El cuerpo poético no lo hace siendo pura emoción, ni pura sensación. Funciona como un agenciamiento, imbrica todas estas dimensiones en conversación con el pensamiento.

Este enfoque nos lleva a posicionar el fenómeno de la enseñanza y el aprendizaje como un arte y no como una labor técnica. Al igual que en el arte se requiere de unas técnicas, pero para hacer otra cosa. En la alquimia del arte se entrecruzan la sensibilidad, el deseo, la historia de vida, las operaciones cognitivas más sofisticadas (clasificar, analizar, combinar, etc.)

Incluir en la formación docente este pasaje por la experiencia en lenguajes estéticos puede dar herramientas muy valiosas para hacer la diferencia. Convocar artistas de la comunidad que trabajen en par didáctico con los docentes, entramando su saber con los del educador, también. Esto es lo que hacen los movimientos de arte-educación en todo el mundo: poner a disposición de la educación el capital de aprendizajes que se le logra ensayando, experimentando, indagando en técnicas y lenguajes artísticos.

Suficientes tratados internacionales acuerdan sobre qué debe promover la educación para que sea de calidad y dignifique la vida. Pero al llevarlo a la práctica, en el cómo, se diluyen todas las aspiraciones. ¿Demasiado arriesgado cambiar la tradición de los modos instalados?  El verdadero riesgo ya lo estamos corriendo permaneciendo en esta situación.

La trama arte-educación como transacción ganar-ganar puede ser parte de la negociación que hay que poner a jugar en las escuelas para aprender a cuidarnos, cuidar nuestro cuerpo, que es cuidar nuestro pensamiento. «O nos cuidamos, o perecemos.»

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