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Educar para des- anestesiar

Educar para desanestesiar

Práctica artística como micropolítica desde la escuela.

“Al hombre contemporáneo le ha sido expropiada su experiencia: más bien, la incapacidad de tener y transmitir experiencias”. Agamben (2007)

La expropiación de la experiencia que denuncia Agamben para caracterizar el mundo moderno se impone como efecto de procesos que se comandan a nivel macropolítico (guerras mundiales, revolución industrial, modelos económicos, etc.)  y desde allí configuran la vida en sociedad, nuestra vida inmediata, la del día a día, la íntima, la micro. Pobreza experiencial que no necesita de una situación catastrófica para manifestarse, sino que mora en “la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad”, donde la automatización es tal que ni siquiera “los breves disparos de un revolver retumbando en alguna parte” pueden afectarnos.

Con la misma descripción que hace Agamben sobre el adulto con relación al trabajo, podríamos decir que el alumno luego de la escuela “vuelve a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos sin que ninguno de ellos se haya convertido en una experiencia”. Las vicisitudes del hombre moderno lidiando con el tránsito, embotellamientos, el consumo de diarios y televisión, las conversaciones triviales, se pueden equiparar a las del estudiante: el alumno hace filas esperando su turno, presencia peleas y festejos, resuelve ecuaciones, escribe un dictado, recita un himno, sin que nada de eso implique necesariamente que ha vivido una experiencia.

La escuela nutre y agudiza esa pobreza experiencial a través del modo de vida que encarna. Al alumno le han expropiado su cuerpo, y con él su sensibilidad, movimiento, pensamiento y su ser creador.

¿La escuela educa y prepara a los niños para integrarse a esa coreografía adulta de cuerpos ausentes que circula hoy día por la ciudad? ¿Cómo podría la escuela andamiar, animar, transformar esta realidad y desanclarse de la pobreza experiencial que pesa sobre el mundo de hoy? Cada centro puede reencantarse, componiendo una cultura singular y situada que dignifique la misión educativa. Cada escuela puede ser agente de una red que, cuerpo a cuerpo, en el detalle, en lo inmediato, en lo cercano, en lo cotidiano, se transforme a sí misma para transformar el mundo.

Micropolítica cuerpo a cuerpo

“.. el espesor del cuerpo, lejos de rivalizar con el del mundo, es, por el contrario, el único medio que tengo para ir hasta el corazón de las cosas, convirtiéndome en mundo y convirtiéndolas a ellas en carne.”

Merleau Ponty

¿Por qué hace falta pasar, como propone el nuevo paradigma educativo, de la instrucción al diseño de experiencias? ¿Qué hay en la vivencia de una experiencia que sea tan crucial en la educación? Leamos a Jorge Larrosa:

“En la experiencia, lo que se descubre es la propia fragilidad, la propia vulnerabilidad, la propia ignorancia, la propia impotencia, lo que una y otra vez escapa a nuestro saber, a nuestro poder y a nuestra voluntad (…) dignificar la subjetividad, la incertidumbre, la provisionalidad, el cuerpo, la fugacidad, la finitud, la vida”.

Propiciar la vivencia de una experiencia se toca con un asunto ético: el de la des- anestesia de la vulnerabilidad al otro. En una experiencia, el cuerpo está abierto a afectaciones, tiene sus sentidos vivos, vibra sintonizando sensación- emoción- acción- pensamiento. Con el cuerpo automatizado, con sus sentidos dormidos, se es un ser amputado. Sin cuerpo presente, despierto, no hay posibilidad de dejarse afectar, de ser afectado. 

Insistimos en promover la incorporación del cuerpo en la educación, no de modo extraordinario o extramuros de la actividad cognitiva, sino como movilizador de un pensamiento vivo, capaz de pensar la vida, la buena vida:

“Pasar del principio guerrero y dominador de la inteligencia, que ha prevalecido en nuestros sistemas educativos desde su origen, a entender y cultivar una inteligencia altruista y solidaria es uno de los mayores desafíos para el futuro sostenible de nuestra educación iberoamericana.” Así Bernardo Toro, desde la Ética del cuidado (SM, 2018), nos habla del cuidado del intelecto: “Pasar al altruismo cognitivo supone el cuidado del intelecto en condiciones de aceptación de la debilidad y la cooperatividad humana

Este giro noble de pararse sabiéndose en una frontera, saber que aprender es estar en la frontera entre lo que sé y lo que ignoro, y para ello es indispensable activar un modo sensible, poroso, que conecte ambos espacios, es un punto de partida para empezar armar una sociedad del cuidado.

Paulo Freire, en el bello libro conversado Pedagogía de la pregunta, nos dice: “El diálogo solo existe cuando aceptamos que el otro es diferente y puede decirnos algo que no sabemos.” La indiferencia, esta negación de lo diferente que levanta un muro entre las personas, donde no hay conexión ni contacto, es parte de la anestesia en la estamos sumergidos y que hay pellizcar, pinchar, tocar para despertarnos.»

Educación estética para des- anestesiar

Entendemos la estética como aísthesis : una manera de ser afectado por un objeto, un acto, una representación, una manera de habitar lo sensible. Entonces, la anestesia como an- aísthesis es supresión de la sensación. La estética, como experiencia o como práctica, sacude des- anestesiando, operación necesaria de apertura, para permitir in-corporar lo que desconozco, lo que es de otro, y lo que aún no se de mí mismo.

Vivimos en un mundo donde el lucro no solo impacta en la desigualdad económica, sino que encarna como poder haciendo mella en la subjetividad de las personas. Configuración que desde lo macro diseña lo micro. ¿Es posible hacer la operación inversa? Sí. La práctica artística puede activar una micropolítica, de adentro hacia afuera.

Suely Rolnik escribe en un apartado de Micropolítica: cartografía del deseo (Rolnik & Guattari) cómo la rufianización del mundo capitalista se come lo más propio, lo más íntimo de las personas, y cómo el arte se mueve para activar una transformación que descoloque esta tendencia.

¿Cómo activar esa capacidad específica de lo sensible? Desde la escuela: incorporando el cuerpo, primer paso para un aprendizaje situado. Colocando el cuerpo en medio del currículum. Ni arriba, ni delante, ni detrás ni al costado. En medio implica entre, imbricado, tocando por todos sus contornos las disciplinas, la configuración del espacio, la didáctica, el clima escolar, los vínculos. Recreación de una cultura escolar que sea una experiencia, que se haga parte a su vez de una cultura más amplia.

Jerome Bruner, en Educación, puerta de la cultura, nos mantiene despiertos: “Ni la escuela ni la educación pueden entenderse ya como meros vehículos de transmisión de las habilidades básicas que se requieren para ganarse la vida o para mantener la competitividad económica de los respectivos países. (…) La tarea central es crear un mundo que dé significado a nuestras vidas, a nuestros actos, a nuestras relaciones (…) La escuela no puede continuar separada de otras manifestaciones de la cultura. Constituye el primer y más importante contacto de la cultura en la que el niño va a vivir y es el primer lugar en el que puede plantearse cómo funciona y comprenderla”. Y más adelante agrega y transformarla según haga falta.

La práctica artística entramada en la vida escolar, con la didáctica y con la gramática, pueden devolver o despertar esa vivencia de ser- en -el -mundo que es vivir en el cuerpo.

Esta valoración de la vulnerabilidad como apertura a lo ajeno, a lo extranjero, se juega en la relación del estudiante y el educador, entre el estudiante y los contenidos o los autores que les son presentados, entre pares. Sin esa porosidad, sin esa predisposición subjetiva a la escucha, la enseñanza y los aprendizajes se vuelven sordos, mudos, se paralizan.

Quizá valga la pena suspender por un momento la pregunta ¿qué es el arte? Y cambiarla por otras: ¿qué hace el arte? ¿Cómo funciona? ¿Qué pone a funcionar? ¿De dónde saca su impulsión?

La escuela también es la que está en obra si deja permear por su frontera aquello que los lenguajes artísticos pueden convidarle, esos dispositivos y esos saberes que le ponen el cuerpo a esta necesaria recreación del acto educativo para que despierte a verdaderas experiencias de enseñanza y aprendizaje. Para que en la escuela aprendamos a recrear un mundo que celebre la experiencia.


*Agamben, Giorgio (2007). Ensayo sobre la destrucción de la experiencia. Infancia e historia. Buenos Aires : Adriana Hidalgo editora,

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