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Educación / Ética del cuidado / Transformación educativa

Implicancias éticas del cuerpo en la educación

corporalidad

Cuerpo ¿ser o tener?

«El cuerpo ya no es el obstáculo que separa al pensamiento de sí mismo, lo que este debe superar para conseguir pensar. Por el contrario, es aquello en lo cual el pensamiento se sumerge o debe sumergirse para alcanzar lo impensado, es decir, la vida. No es que el cuerpo piense, sino que, obstinado, terco, él fuerza a pensar lo que escapa al pensamiento, es decir, la vida.» Gilles Deleuze

Un obstáculo es aquello que franquea la entrada o el pasaje de un sitio otro, que reduce el movimiento a un territorio limitado. Un problema se presenta como asunto que impone dificultad pero que incluye en sí el propósito de descifrarlo o resolverlo.

En épocas donde parece que es posible vivir (y matar) a control remoto, repensar la concepción del cuerpo en la educación es un acto de justicia democrática. Implica la composición de una nueva ética, y necesita encarnar en una nueva poética que recree la experiencia escolar.

 Todos tenemos un cuerpo. O mejor dicho somos Cuerpo. La vida se juega y se dirime en el límite inubicable, misterioso, donde se imbrican el pensamiento, la emoción y la carne. La disyunción cuerpo- alma / sensación -idea del pensamiento occidental clásico tracciona todo un posicionamiento sobre el Ser y la Verdad, separando el pensamiento del cuerpo, es decir separando el saber de la vida.

Del cuerpo como obstáculo al cuerpo como problema

Pasar de concebir al cuerpo como obstáculo (para la elevación del alma y la razón) al cuerpo como problema implica estar muy receptivos y dispuestos a la aventura de esos mundos que abre: multiplicidad, deseo, pregunta, emoción, singularidad, vulnerabilidad, incertidumbre, potencia… El cuerpo como territorio de la sensación, de la experiencia y del movimiento vital, fuerza a pensar y reconfigurar muchas de las certezas que el paradigma cartesiano y las instituciones modernas han usado de base para edificar este mundo en el que vivimos.

El destierro del cuerpo en la educación no es olvido o accidente, sino más bien la encarnación de una tradición filosófica que demarca y constituye todo un posicionamiento ético acerca de qué es lo Bueno, qué es lo Bello, qué es lo Verdadero: cuestiones centrales que han ocupado el foco de la discusión filosófica desde el comienzo de la civilización occidental.

La fragmentación del cuerpo y el alma, o el cuerpo y la razón, que conlleva una concepción ontológica (el problema del ser y la realidad) y tiene consecuencias epistemológicas (estudio del conocimiento): la ciencia moderna se ha convertido en la Verdad. Esta supra valoración del conocimiento científico permanece hoy día entre nosotros, diría que de modo intacto, pues la crisis humanitaria en la que vivimos pareciera que no basta para permear las paredes de cristal donde esta jerarquización conserva sus diplomas.

La educación formal como instancia de inscripción en la vida colectiva no es de ningún modo ajena a este paradigma imperante. La concepción que tengamos sobre qué es lo verdadero, qué lo bueno y qué lo bello traccionan nuestras prácticas y nuestros modos de ser, dentro y fuera del territorio educativo. De la concepción de Cuerpo donde nos posicionemos como educadores derivará el margen de libertad de las subjetividades que puedan construir los estudiantes. El cuerpo es el primer lugar donde nos situamos, donde habitamos la vida.

¿Qué otras concepciones de Cuerpo pueden impulsarnos a pensar una escuela que tenga que ver con la vida?

El problema del Cuerpo, una aventura que vale la pena abordar

El pensamiento no es serio más que por el cuerpo. Es la aparición del cuerpo la que le da su peso, su fuerza, sus consecuencias y sus efectos definitivos: “El alma” sin cuerpo no haría más que juegos de palabras y teorías. ¿Qué reemplazaría las lágrimas para un alma sin ojos, y de dónde sacaría un suspiro y un esfuerzo?” Paul Valery.

Curiosamente todos los filósofos que han han discutido esta cadena de ideas iniciada con el platonismo, tienen como denominador común otro posicionamiento sobre el Cuerpo. Hay una larga y heterogénea lista que atraviesa siglos problematizando esta pregunta sobre el Cuerpo.

Baruch Spinoza, filósofo del siglo XVII casi contemporáneo a Descartes, parece gritar al “pienso, luego existo” con un “no sabemos lo que puede un cuerpo” abriendo en este llamado un alerta sobre esa idea de cuerpo que estaba siendo puesta en una caja cristal como saber cerrado y acabado. Spinoza elabora una meticulosa Ética que coloca al modo humano en un sistema siempre relacional, donde la esencia humana es el deseo (al que llama conatus) y el cuerpo es afectivo, intensivo, superficie de inscripción de esas afectaciones que se dan en la composición, en combinación con otros. Afecto y concepto van juntos, y el buen vivir se juega en cómo aumentemos o disminuyamos nuestras potencias; es una ética de la inmanencia.

No existe el Bien y Mal como mandatos desde el más allá, sino más bien lo bueno y malo para cada combinación, para cada composición. Aquí hay un sentido de la responsabilidad y de la libertad que enaltecen la condición humana. Cada persona, en cada combinación en acto con otros cuerpos (personas, objetos, sustancias, lugares, actividades, etc) aumenta su potencia, o la disminuye, sometiéndose a una pasión triste. Los poderes nos necesitan tristes nos dice Spinoza… Así es que propone una clara separación entre la moral (una reglamentación desde afuera que se lleva con obediencia) y la ética como resultado de descifrar cómo aumentar una potencia, es decir, qué combinaciones que nos permiten llegar a ese grado de conocimiento que es la felicidad.

Contemporáneo a nosotros, Jean Luc Nancy, dedica su labor filosófica al asunto del Cuerpo, y es uno entre muchos de un intenso y rico espiral de pensadores que han aportado miradas que tocan el tema para hacernos vibrar en otro tono:

 “¿Que es el alma sino la experiencia del cuerpo no como una entre otras, sino la única experiencia? El todo de la experiencia está ahí, in nuce, en la experiencia del cuerpo— en la existencia que el cuerpo es. El alma es un nombre para la experiencia que el cuerpo es.»

«Experiri, en latín, es justamente ir al exterior, salir a la aventura, hacer una travesía, sin siquiera saber si se volverá. Un cuerpo es lo que empuja los limites hasta el extremo, a ciegas, tentado, tocando, por lo tanto. (…) lo que toca, eso por lo que es tocado, es del orden de la emoción (…) que quiere decir: puesto en movimiento, puesto en marcha, sacudido, afectado, herido. (…) conmoción (…) introduce un con (cum). La conmoción es el ser puesto en movimiento con.” 

Alma como experiencia del cuerpo, experiencia como movimiento, emoción, conmoción.

No se trata de una competencia entre la razón, el alma o el cuerpo. Se trata de pensarlos como un agenciamiento, una simultaneidad, se trata de pasar de una lógica binaria a asumirnos como multiplicidad.

La crisis humanitaria cada vez más obscena, más evidente, requiere para su superación una nueva cosmovisión y no solo unas recetas. En la ética del cuidado como nueva cosmovisión para un nuevo paradigma educativo, Bernardo Toro nos propone:

 “El cuidado de sí mismo supone una concepción del cuerpo, una educación acerca de tener y habitar en el cuerpo, en la carne. Nuestros sistemas educativos son deficientes en este aspecto. En muchos países las materias referentes al cuerpo no reciben la atención que merecen: la educación física, el deporte, la expresión corporal, el teatro, la danza, etc., son “materias extracurriculares”.

En nuestras escuelas el cuerpo es extracurricular.

La tradición escolar trata al cuerpo desde perspectivas de la higiene (ver la tradición de la educación física que surge de prácticas corporales a estos fines) o como acción decorativa vía la práctica artística, relegada a adornar los actos escolares, ponerle un poco de color o una pizca de humanidad a la vida escolar, como compensación, recompensa o caricia ante la ardua tarea de aprender “lo importante”. Mientras tanto, nosotros seguimos yendo a enseñar a aprender a una escuela que piensa y luego existe, pero paradójicamente al negar el cuerpo no puede pensar la vida.

¿Qué queda fuera de la educación cuando queda fuera el cuerpo?

Al dejar fuera el cuerpo y sus problemas, la escuela pone como suciedad bajo la alfombra todo lo que la encorsetada coreografía cartesiana no puede alojar: sensibilidad, movimiento, preguntas, deseo, incerteza, creación. De nuevo, no es una dimensión o la otra, el asunto es cómo se cruzan, cómo y dónde se tocan y se implican el conocimiento con la emoción, el saber con la pregunta, la sensibilidad con el pensamiento, para que puede alcanzar la vida… De aquí la necesidad de tomar el asunto del cuerpo y la educación como un problema que nos mueva a pensar la relación de la escuela con la vida, con la buena vida, con la vida buena juntos.

Sensibilizar sobre el problema ético que significa vivir una escuela sin cuerpo será el primer paso hacia un movimiento de transformación desde adentro hacia afuera, y no desde morales puestas desde afuera como un deber ser desconectado de nosotros mismos al que solo podemos deberle obediencia. Generar una conciencia de autocuidado como inicio de un círculo virtuoso de una nueva ética, para abandonar de una vez por todas el lugar decorativo que tiene la corporalidad en la enseñanza y el aprendizaje, es decir, en la construcción de conocimiento de sí mismo, del mundo y de lo posible. Bernardo Toro es muy claro al respecto:

 “El cuidado del cuerpo no solo es un problema de salud, es también un problema político y de convivencia. Si cada persona aprende a valorar y respetar su propio cuerpo como un bien insustituible y a respetar el cuerpo de los otros, quizá se creen mejores condiciones para evitar daños:  el asesinato, el secuestro, la tortura, el hambre, el suicidio… La vida es sagrada porque el cuerpo es sagrado.”

Una próxima aventura será pensar cómo pasar de un cuerpo extracurricular a un cuerpo en medio del currículo, y esto implica una nueva poética del enseñar y aprender.

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