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La escuela en acción

La escuela en acción

 

Una escuela que asuma el compromiso histórico de la transformación cultural debe replantear su quehacer pedagógico y cambiar sus prácticas de aula y convertir el paradigma relacional en soporte del Proyecto Educativo Institucional. 

La escuela: una comunidad

Ante la disgregación que amenaza con tomarse las aulas de clase por el uso masivo de dispositivos electrónicos, ante lo que Savater ha llamado el “eclipse” de la familia, ante la dimisión de muchos adultos a su papel como “referentes de autoridad”—entendiendo esta última desde su etimología pedagógica: “hacer crecer”—, ante los efectos de la sociedad de consumo que han convertido el egoísmo y la competencia en eslabones necesarios para alcanzar la felicidad, ante las diferentes manifestaciones de violencia, se hace imperativo entonces recuperar y vivenciar el sentido de lo que representa la escuela: una comunidad.

Son las relaciones entre los miembros de un grupo, las mediaciones simbólicas, los principios éticos y los proyectos, que se fraguan en común, lo que da cuerpo y razón a una comunidad.

Al respecto Duch y Mélich puntualizan: “…la relacionalidad es el factor constituyente de nuestra humanidad… lo que caracteriza el convivir de los humanos”. Estos autores plantean la importancia capital que tiene la relacionalidad en transferencia de lenguaje, de identidad y de inserción en la cultura. Emmanuel Levinas (1987, p. 150) lo expresa en el concepto del rostro: “El rostro del prójimo significa para mí una responsabilidad irrecusable que antecede a todo consentimiento libre, a todo pacto, a todo contrato”. Para que emerja la interiorización de un yo debe haber un “otro”, esos “otros”, como diría Octavio Paz, que me hacen, esos otros que me permiten ser:

“…para que se pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros…”.

comunidad escuela

Se trata de apostarle a la escuela como comunidad de aprendizaje, en la que la construcción de saberes permite visibilizar y darle participación a los componentes del acto educativo: los estudiantes, las familias y los profesores. Pero el concepto es más provocador porque exige que la escuela, escenario privilegiado de preparación para la vida, trabaje en torno a problemáticas reales y que recupere el capital cultural que habita en las comunidades. Esto exige poner en verdadero diálogo a la escuela con sus entornos sociales inmediatos. En muchas experiencias exitosas que he conocido, en algunas de las cuales he sido participe, dan cuenta del relieve que alcanzan las instituciones educativas cuando de veras se convierten en parte de la solución de las problemáticas que inquietan o aquejan a las comunidades.

Según Freire (1970, p. 61) «…nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan en comunión…”.

Bajo este presupuesto, considero la comunidad de aprendizaje un pilar fundamental para construir de manera asertiva conocimientos que emergen de las dificultades de la cotidianidad y de las múltiples aristas que presenta el trabajo pedagógico, administrativo y directivo en cada institución. Siendo de tal tamaño la tarea de educar y la cantidad de actores que involucra, solo mediante unas buenas relaciones se puede poner en sincronía todas las diferencias y formas de ser de los actores que intervienen en el acto educativo. Conciliar sus intereses, es casi un imposible sin la promoción que induce la construcción de buenas relaciones.

La escuela: agente de cambio

líder del futuroEl proceso educativo adquiere un sentido radicalmente distinto cuando este parte de “Lo que el estudiante ha vivido, la manera cómo ve las cosas espontáneamente, lo que él piensa (…) y las preguntas que se hace» (Zuleta, 1985, p. 10). El estudiante debe ser visibilizado con su historia de vida, con sus apegos y lazos familiares, con sus experiencias cercanas a su entorno cultural, con sus preocupaciones y con su percepción del mundo. La escuela no se puede quedar inmóvil como simple espectadora de lo que acontece en el mundo, sino que debe montarse en el tren de la historia para hacer parte de las grandes transformaciones.

En este orden de ideas, el paradigma relacional exige recuperar el potencial creativo de las comunidades y asumirlas como comunidades de memoria. Es una visión a contracorriente, en lugar del use y tire de la sociedad de consumo, en lugar de la visión depredadora hacia los ecosistemas, en lugar del sálvese quien pueda, este paradigma, a través de comunidad de memoria, interroga por el sentido del hombre, por su humanidad tejida por proyectos colectivos, por aquellos valores que salvaguardan la convivencia y que sirven de faro a las generaciones de relevo. La identidad, un propósito transversal a todo el proceso educativo, se define por la conciencia que el individuo tiene de ser heredero de una cultura, de estar inserto en unos usos, unas tradiciones y unos rituales que le dan singularidad a las comunidades. Bellah, Madsen, Sullivan, Swidler, Tiplon (1989, p. 204) precisan su importancia: “Las comunidades de memoria nos vinculan con el pasado, nos dirigen asimismo hacia el futuro como comunidades de esperanza”.

La escuela: comunidad de memoria

La escuela no puede hacerle el juego a los intentos de menospreciar las construcciones culturales de las comunidades. Frente a la cultura convertida en espectáculo del drama humano, en el atractivo del chisme farandulero, en una sociedad atenazada entre el miedo y el olvido, la escuela debe revitalizarse como comunidad de memoria. En Colombia no dejan de sucederse situaciones macondianas que rayan en el insulto al sentido común. En un tema tan sensible como el de la memoria, cuando apenas estamos trasegando la interpretación y el reconocimiento de las causas, los responsables, los efectos y la visibilización de las víctimas del conflicto armado que durante más de 60 años golpeó al país, no es justo que se ponga en duda la existencia de este conflicto armado. Hablar de memoria histórica no es concebirla como algo cerrado e inalterable, que se pasa de una generación a otra, su valor radica en la manera en cómo esta es entregada e interpretada.

Freire (1993, p. 115) afirmaba: “En el fondo, no somos solo lo que heredamos ni únicamente lo que adquirimos, sino la relación dinámica y procesal de lo que heredamos y lo que adquirimos.”

Artículo escrito por: Rubén Darío Cárdenas Ríos. Rector de la institución educativa Francisco de Paula Santander.

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