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La escuela más allá de ciencia y tecnología

La escuela más allá de ciencia y tecnología

El uso del tiempo y los espacios escolares ha pasado a centrarse principalmente en las áreas fundamentales y obligatorias del currículum que se tiene.

Reflexión pedagógica en la escuela

Hablar de pedagogía en los centros e instituciones educativas requiere previa planificación y agenda; paradójicamente parece que no hay lugar para ello. Terminar con la planificación de los contenidos por áreas en los periodos y años escolares establecidos es prioritario. «Necesitamos avanzar con la malla curricular porque de ello dependen los resultados de las pruebas estandarizadas» son frases propias de los actores educativos. Tiempo para reflexionar sobre el quehacer pedagógico, sobre estrategias didácticas, sobre la experiencia diaria en el aula entre pares es un lujo que no nos podemos permitir en esta carrera más allá de cumplir con lo planeado en el ámbito curricular, o por lo menos no en los horarios y las dimensiones requeridas.

Ante esta realidad, es imperativo que la “escuela moderna” se conciencie sobre la importancia de su labor, más allá de los estudios, los contenidos, de la ciencia y de la tecnología.

Considerar con detenimiento la actividad educativa y la importancia de explorar mundos posibles en pedagogía para cualificar el desempeño docente así como ayudar a los estudiantes a potenciar sus capacidades y habilidades mentales y destrezas praxiológicas debe ser un proceso prioritario y permanente en la agenda escolar. A esto hay que añadir la relevancia de enrumbar a los centros escolares por los caminos del diálogo y la convivencia, punto de partida para emprender la aventura más extraordinaria de los seres humanos: el aprendizaje.

Pero ¿y cómo llevarlo a cabo? Con procesos de transformación, con la implementación de modelos pedagógicos que humanicen y sean críticos, en los que se reconozca que los estudiantes tienen su propia historia y son sujetos de derecho y no tan solo depositarios de un saber en desuso y descontextualizado de su realidad, de su vida cotidiana, de su propio mundo.

La presencia de los estudiantes cada día en la escuela no solo debe ser física, sino también espiritual y emocional. Para que estas condiciones se materialicen, la institución educativa debe ceder la MISIÓN académica para proyectarla desde una VISIÓN de construir un establecimiento educativo protector, que acoge a los estudiantes, los comprende y vincula humanamente con su proyecto educativo.

El compromiso social de la escuela

Prodigar a los niños y niñas afecto para enseñarles a ser felices es una tarea educativa inaplazable.

En concordancia con este propósito, el mayor reto en nuestros centros es el de resignificar la educación, es decir, pensarla en su entorno cultural y social para humanizarla, transformarla, darle sentido y ponerla al alcance de los niños y jóvenes; se trata de que la vida de nuestros estudiantes entre en la escuela con sus devenires, sus realidades, sueños y aspiraciones y que en ella pueda encontrar no solo el conocimiento, sino además, y prioritariamente, afecto, amigos, sonrisas, comprensión y, sobre todo, amor.

Es crucial que el centro escolar se constituya como el espacio del reencuentro, de la pertenencia, del sentido a su propia existencia, más allá de la ciencia y la tecnología; es preciso el reconocimiento de los estudiantes con sus potencialidades y dificultades y ello requiere darle un nuevo significado a la educación, ponerla en sintonía con los grandes cambios que vive la humanidad, y especialmente con el campo de la movilidad social. Necesitamos una escuela que forma y requiere permanentemente de formación y transformación. Como diría Paulo Freire, «la escuela que no le teme al riesgo, en la que se habla y se ama, la escuela que le dice sí a la vida y no, la escuela que enmudece y nos enmudece.»

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