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La ética del cuidado como brújula educativa

ética del cuidado

La educación es un asunto ético porque hace emerger comportamientos, actitudes y valores con los que el ser humano va haciendo su vida.

Lo que NO es la ética

La ética no es una teoría ni un discurso; es el cauce por donde se desarrolla la aventura humana, tomada individualmente y como comunidad. Y en todo caso, como decía Emmanuel Lévinas, «el rostro del otro es la primera palabra del discurso de la ética».

cambio climático

Vivimos una cierta ola inundatoria de cuidados: economía de los cuidados, ciudad de los cuidados, política de los cuidados, el autocuidado, etc. Al igual que en las últimas décadas del pasado siglo la palabra solidaridad se terminó por gastar de tanto mal uso, algo parecido nos puede ocurrir con la ética del cuidado.

La ética siempre está situada. Hablar del cuidado no es patentar una nueva marca; es, en primer lugar, hacerse cargo del tiempo que vivimos donde el progreso científico-técnico y la civilización que ha impuesto los medios instrumentales frente a los valores que no pueden reducirse a precio (como la justicia, la paz o el amor) son las dos vías que conducen el tren de la humanidad hacia su propia desaparición como especie.

El cambio climático es la nueva cuenta atrás de un reloj que marca la imposibilidad de retornar a una vida habitable.

Por otra parte, recordamos con Joan-Carles Mèlich que «la respuesta ética no permite tener la conciencia tranquila porque no sabremos jamás si ha sido una respuesta adecuada».

Interrelación entre ética y cuidado

El cuidado nos introduce en senderos de exploración, no de normativas y cumplimientos. Algunos recordarán el viejo cuento de Anthony de Mello en el que un viejo explorador regresa del Amazonas y muestra el mapa de sus aventuras y los seguidores, entusiasmados, hacen copias para sentirse expertos del Amazonas. Entonces el explorador les dice: «Id y descubrirlo vosotros mismos. Nadie puede sustituir al riesgo y a la experiencia personales». La ética no está hecha de conceptos sino de narrativas existenciales insustituibles. La ética remite a una experiencia que afortunadamente podemos repensar, actualizar y mejorar.

ética del cuidadoVivimos tiempos de mucha moral y de escasa ética. De una moral, entendida como catálogo de normas que hay que cumplir (pensemos en los códigos de conducta que inundan los centros escolares). Y la ética irrumpe en el acontecimiento, pillándonos por sorpresa, y solicitando respuestas, muchas veces, inseguras e inciertas. La moral nos dice qué tenemos que hacer ante una situación dada. La ética nos dice que algo tenemos que hacer, aunque no tengamos ninguna varita mágica. Porque hay ambigüedad e incertidumbre la ética es posible. Siempre está situada.

La ética del cuidado remite a una situación de descuido del ser humano, de la casa común que habita y hasta de su propia realidad personal. Hablamos de una ética que se pone en el centro la vida y la interconexión entre todo lo vivo. Este es el gran mensaje de la encíclica Laudato Sí. Este desplazamiento vital trata de humanizar la propia existencia, los vínculos relacionales, tanto personales como profesionales, así como la acción ciudadana y política. Es importante comprender que la ética del cuidado no se ancla en el ser humano comprendido como una partícula elemental, individualizada y segregada del resto. Al contrario, el cuidado hace referencia a los múltiples vínculos y relaciones entre todo lo vivo, donde el ser humano puede ser un artista tejiendo y acariciando hilos de escucha, respeto y movilización en favor de la vida vivible. Con Judit Butler nos peguntamos qué clase de vida merece ser vivida y se considera digna. Cuidado y lucha por la justicia se dan la mano. Entre cuidado y justicia hemos de poner una «y» cómplice que sella una alianza de resistencia frente a tanto atropello.

Ética del cuidado en el ámbito educativo

Desde este punto de vista, son muchas las formas con las que —como educadores— podemos ser agentes de la ética del cuidado. Quizá, una de las más importantes es preguntarnos por el cuidado en nuestras palabras, en el lenguaje que utilizamos en el centro educativo. ¿Somos cuidadores de la palabra? Por la palabra nombramos, identificamos la realidad y al otro, y también acumulamos estereotipos y prejuicios. Cuidar la palabra es no permitirnos juzgar al otro y contar hasta tres o hasta cinco antes de devolver un desprecio o un comentario irónico.

La palabra clara, si además es amable, vincula más y mejor y hace creíble aquella parte de verdad que tratamos de portar.

Cuidar la palabra es practicar una escucha realmente generativa que no prejuzgue al otro, sino que me deje sorprender por ese otro tan distinto a mí en la parte de verdad que también le asiste. Cuidar la palabra es bien-tratar al otro en contextos donde eso nunca hay que darlo por supuesto. La tutoría individual y grupal es un espacio privilegiado de cuidado de la palabra y de generación de confianza recíproca. Cuando acompañamos, cuidamos.

En tantas ocasiones los educadores utilizamos la palabra en la sala de profesores o en la cafetería para despellejar a tal alumno o para resolver conflictos desde las vísceras. Ese es el camino de la deshumanización de la educación.

tiempoLa ética del cuidado no es una metodología ni una nueva moda; quizá alberga lo mejor de la innovación educativa en tanto que motor y tesoro donante de sentido a nuestra vocación docente y a un tipo de liderazgo relacional, horizontal y cooperativo. La educación del siglo XXI tiene el enorme desafío de apuntar hacia la ética del cuidado como norte de su acción y como fuente de sentido, y ello conlleva una revisión en profundidad de estructuras, sistemas, procedimientos y vínculos.

Estamos a tiempo…  si insistimos un poco.

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