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Niños institucionalizados ¿Falacia nominal?

Niños institucionalizados

La situación en el mundo de los niños y niñas aún no ha logrado suficiente fuerza como para mover a la humanidad a buscar, con honestidad, el modo de cuidar, criar y educar a las próximas generaciones.

Todavía hoy son más los que creen que “con mano dura” se logran resultados reales. A pesar de que los conocimientos científicos, educativos y filosóficos nos han ayudado a mejorar, un poco, la calidad de los menores de edad, aún son demasiados los niños que viven bajo el nivel de la pobreza afectando gravemente a su desarrollo humano. Todavía prevalecen las necesidades de los adultos por encima de las de los niños y, se justifica —en nombre de Dios o de las leyes— el castigo y hasta su aniquilación.

Es en este clima mundial, en el que se habla de la institucionalización de los niños como un mal que hay que erradicar, el resultado de “vivir en la institución” es un ser humano con múltiples diagnósticos al que le será imposible insertarse en la comunidad, por la incapacidad que esta experiencia produce. ¡Vamos a cerrarlas todas! ¡Vamos a poner a los niños en hogares temporeros! ¡Vamos a dejarlos donde están, mientras no se mueran! En fin, nuevamente los humanos caemos en eso de que “el remedio es peor que la enfermedad”.

¿Es la institución donde colocan a menores abandonados o huérfanos sociales la que causa todos esos daños que se han identificado en menores que han vivido en ellas?

¿De qué daños estamos hablando? Retrasos en el desarrollo; problemas de autorregulación e incapacidad de relacionarse humanamente, déficits cognitivos, hormonales, problemas de salud física y otros. O ¿es que esos menores ya tenían esos déficits y la institución los mantuvo? Puede ser… Pero lo cierto, hasta ahora, es que los metaanálisis que se han hecho sobre lo que llaman “institucionalización de niños” no han probado nada de eso. Al contrario, han despertado más preguntas que respuestas.

La realidad es que de las instituciones han salido niños, niñas que, aunque su vida no era de gran calidad, salieron como seres humanos resilientes. Otros, quizás los más, nunca se recuperaron. En Puerto Rico, cuando un niño o niña llega a una institución es porque todas las instituciones básicas de vida de ese niño fallaron: su familia biológica, los hogares temporeros, los sistemas gubernamentales que les tienen que dar prioridad no se lo dieron —escuela, tribunales, Departamento de la Familia, Salud— así como otras instituciones donde estuvieron. Lo que dañó a estos menores fue la “negligencia estructural” definida por Gil (1982).

Existen unas necesidades de desarrollo fundamentales que hay que satisfacer a tiempo de los menores en unos ambientes relacionales enriquecidos por experiencias interactivas que promueven procesos de maduración esenciales que resultan en seres humanos socialmente exitosos.

Y, aunque, hablamos, en los diferentes ambientes profesionales, “esas necesidades” pocos las saben reconocer. El rol del “cuidador primario, secundario” es esencial para que esos procesos se den. Sin embargo, ya en 2020 todavía no se ve necesario que una pareja, que quiere formar una familia, vaya a la “universidad” a prepararse para ser “padre” o “madre” del ser humano al que le quieren dar vida.

El maltrato por negligencia, ya sea en la familia biológica o en una institución está poco reconocido, y menos atendido. Es más, cuando se quiere bajar la “pena” en casos de maltrato de menores, se “baja” la categoría a “negligencia” y a esa persona “no se la ve tan mala”.  Por ejemplo, muchas personas pueden pensar que la discapacidad cognitiva puede tener que ver solo con factores genéticos. Sin embargo, esta puede deberse a una malnutrición acompañada de ninguna estimulación temprana.

Los problemas de habla, apenas se notan. Das instrucciones a una persona y crees que te ha entendido. Luego ves que hace lo contrario o no lo hace. Su sistema perceptivo está no funciona correctamente por falta de una interacción, con un adulto consistente y estable. Ves que este niño por cualquier cosa se enfada. Otro niño se tapa los oídos ante cualquier sonido fuerte. O no soporta comer puré de patatas, o no quiere usar ropa porque “le pica”. Tiene problemas sensoriales. El niño o niña, da un salto cuando te acercas. No soporta que le toquen. De pronto sale corriendo, como loco, hacia ningún sitio. Estrés postraumático. Todo porque su mamá tenia un estilo de “estructura negligente” en su crianza. Ella era nada restrictiva. Tanto, que el niño desde bebé, casi tenia que prepararse el biberón solo, estuviera bien o no la leche. Esto no era que el niño era muy independiente, sino que la mamá era bien negligente. Claro, esto no lo ven los tribunales. No lo ve la trabajadora social, que lo visita una vez al mes, muchas veces corriendo. El daño no se ve.

Aquí volvemos a concepto de “falacia nominal”. Decir que un niño está institucionalizado, porque vivió o vive en un albergue no explica los posibles diagnósticos, retrasos en el desarrollo o problemas de apego que pueda presentar. Ahora, si decimos que el o la menor, vivió en un ambiente de “negligencia estructural” sí.

Negligencia estructural se define como: «actos o políticas de comisión u omisión que inhibe o promueve la insuficiencia del desarrollo de niños o, que los priva o fracasa en proveerles con la necesaria estimulación simbólica, emocional y material para su desarrollo normal»

Gil, 1982.

Esto es tan sencillo como decir que los niños necesitan una persona estable y consistente en sus vidas, experiencias lúdicas educativas y espontáneas, es decir, una estructura similar al ambiente en una familia normal y saludable.

Si la familia, el hogar temporero o la institución están mediatizadas por la “negligencia estructural” hay que rescatar a los menores de esos lugares. Si conseguimos familias que quieran acoger y, le facilitamos el proceso con los recursos y ayudas necesarias, esa será la primera opción. Si no nos queda más que la institución vamos a convertirlas en Centros de Cuidado de Alta Calidad donde se atiendan las necesidades de desarrollo de los niños que atendemos. Pero eso conlleva un coste, pues necesitamos de cuidadores relacionales de excelencia, de un equipo multidisciplinar para dirigir e implementar planes individualizados y grupales que desarrollen todo el potencial de aprendizaje prosocial en los niños.

Hoy la humanidad se ha unido para dar un cuidado de excelencia a los niños que padecen cáncer. Se están salvando muchos niños. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con los niños en las instituciones del mundo? Sí, somos conscientes de las que la “negligencia estructural” esta enraizada, pero apoyemos y potenciemos a los que queremos llegar a la más alta calidad de cuidado de los niños y niñas más heridos de nuestra sociedad.

Para evitar y sanar las segundas heridas del maltrato necesitamos aliento y apoyo. Cuidemos de los mínimos detalles para estos príncipes y princesas de nuestra tierra. Trabajemos juntos, todos los sistemas —familias, escuelas, gobierno, tribunales— para cuidar de nuestro activo más importante: nuestros niños, como afirma Adler (1930)«“desde sus ojos, sus oídos, su corazón».

Artículo escrito por Blanca Colón, directora ejecutiva del Centro de Acogida y Sosten Agustino, (C.A.S.A.) de San Agustín del Coqui, Inc. en Puerto Rico.


Van IJzendorrn, Marinus & other’s (2005) “Children in Institutional Care: Delayed Development and Resilience”, Monogr Soc Res Child Dev.

Gil E. “Institutional abuse of children in out-of-home care. Child and Youth Care Review. 1982;4;7-13

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